Luis Zempoalteca, 32 años

Hace un año me encontraba trabajando en un edificio gubernamental en Av. Cuauhtémoc y Eje 7 Sur. A las 11:00 AM nos organizamos para participar en el simulacro en conmemoración del sismo de 1985. Dos horas después, pensé que un camión muy pesado que pasaba por la calle había hecho moverse el edificio. Inmediatamente después supe que, al ver vibrar el mouse sobre mi escritorio y el sonido tardío de la alarma sísmica, se trataba de un terremoto. Me levanté de mi lugar, Liz Mendoza y yo tratamos de avanzar algunos pasos pero hubo un momento que fue imposible seguir. Nos abrazamos, cerré los ojos y solo esperaba el momento en que se rompiera el piso o se cayera el techo. De repente alguien gritó “¡miren, se cayó un edificio allá!”. Las horas siguientes fueron horribles, sin poder comunicarme con mi familia y de forma intermitente con Mario Alfredo Hernandez, caminé hacia mi casa con una preocupación más: mi gata. Finalmente llegué, abrí la puerta de la entrada y busqué a Yoshimi desesperado, no la encontraba. Se me ocurrió buscar abajo de la cama y ahí estaba, en shock y asustada; no ronroneaba ni maullaba. Al final del día, supe que toda mi familia y amigos estaban bien. Los días posteriores al sismo fueron de tensión y tristeza. La delegación en la que vivo fue la más afectada de la CDMX y había albergues y edificios caídos en muchas calles. Sin embargo, hubo un momento de esperanza: caminábamos sobre Viaducto y vimos cómo un rescatista colombiano sacó a un gatito de un edificio a punto de colapsar; después nos enteramos que era su mascota y dijo que “no se iría hasta sacarlo”. Caminamos más adelante y vimos un terreno con coronas fúnebres, extrañamente, dos días después del terremoto, ya no había escombros ni señal del edificio que ahí se encontraba, solo recuerdos. Las heridas se cierran y curan, pero el recuerdo queda ahí, para siempre, para hacernos ver que no siempre podemos ser tan afortunados -como yo lo fui- en este tipo de desastres.

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