Náyade Sharon, 31 años

Crecí escuchando las historias desgarradoras del terremoto del ´85, mirando los vídeos e imágenes por televisión, haciéndome una idea de cómo sería ver un edificio colapsar, de cómo se llevarían a cabo los rescates, del ruido, del caos. Pensé que, habiendo tomado cursos de primeros auxilios y de reacción ante contingencias, sabía lo suficiente para ayudar.

Hace un año me tocó ponerme a prueba. 

Durante el simulacro todo fue normal, hasta chistes había, algunos de mis compañeros de trabajo aprovecharon el tiempo para fumar o hacer una llamada.

Cuando comenzó el sismo, todos salieron desordenados, empujaban, gritaban, la histeria nos ganó. Vimos a los edificios sacudirse dejando cristales rotos y despojos alrededor, pero nada de eso se comparó con las imágenes que vimos en redes sociales unos minutos después.

Después de enterarme de la situación real de la Ciudad de México, Morelos y Oaxaca, decidí salir a ayudar.

Llegué a Bolívar y Chimalpopoca, llevaba guantes de carnaza para entregar a las personas que estaban ahí como voluntarios. Me quedé porque estaban a punto de ingresar más personas a sacar escombros. Llevaba puestas mis botas de trabajo, así que me ofrecí para la tarea. Me dieron equipo y órdenes preliminares.

Instrucciones: Pasa la herramienta cuando te la pidan, pasa los escombros cuando te lo pidan, intenta no hacer demasiado ruido, obedece cuando pidan silencio, marca en tu brazo tu nombre, por si las dudas. 

Pasé ahí un buen rato, no sé cuánto.

Al día siguiente fui a Parque México, para entregar víveres. El lugar era un hervidero de personas caminando de un lado a otro, llevando y trayendo paquetes, bolsas, herramienta. Ahí había vida y ánimo. Doscientos metros adelante, sobre Avenida Álvaro Obregón, era otra historia.

Las operaciones de rescate seguían y, nuevamente, se necesitaban voluntarios. Me ofrecí. Mismas condiciones. Estuve todo el día apoyando, entre personas que no conocía, con las que no tuve tiempo de hablar.

No recuerdo haber estado cansada o hambrienta. Todo parece un sueño.

De entre las cosas que se guardaron en mi memoria hay algo que me dejó marcada: Lo único que podía percibir en esos lugares era silencio. Ya no había bromas, ni risas, ni ánimos. Sólo el silencio expectante, abrumador.

Nada de lo que viví se compara con lo que imaginaba al escuchar a mis padres, tíos y tías hablar del primer 19 de septiembre. 

Hoy, a un año de aquello, sigo sintiendo algo de culpa por no ayudar lo suficiente. Aún tengo sueños extraños en los que se repite todo lo que ví, una y otra vez. 

Es un bucle en mi espacio-tiempo.

Sistemas Bombay